Jesús A. Manzaneque

Jesús A. Manzaneque Casero - I.E.S. "Isabel Martínez Buendía" - Pedro Muñoz, Ciudad Real, Castilla-La Mancha, España.

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miércoles, 17 de junio de 2015

Iconografía Clásica - Galatea, Acis y Polifemo

  
La Galatea
RAFAEL Sanzio
1511 / Fresco de la Villa Farnesina, Roma



La Nereida Galatea en las Metamorfosis de Ovidio:

Escila está a la derecha y Caribdis a la izquierda; ésta absorbe y vomita las naves; aquélla tiene el vientre ceñido de perros y conserva el rostro de la virgen que, según los vates, fue alguna vez. Muchos la pretendían y ella, tras despreciarlos, iba a narrar sus amores a las ninfas del mar, a las cuales era muy grata. Mientras peina a Galatea, ésta le habla:
A Escila la desean hombres cultos a los cuales puede negarse impunemente; a ella, hija de Nereo y Doris y guardada por muchas hermanas, sólo con luto le fue posible evitar el amor del Cíclope. Y las lágrimas le impiden seguir; luego de secárselas con la mano Escila le suplica que le cuente el motivo de su dolor y la Nereida la complace.
Acis era el hijo y la alegría de sus padres, Fauno y la ninfa Simétida, y era el deleite de Galatea, la única a quien se había unido; tenía dieciséis años y la barba comenzaba apenas a nacerle a Acis. A Galatea buscaba de continuo el Cíclope y ella no podría decir si era mayor su amor por aquél o su odio por éste.
¡Qué grande es el poder de Venus! Polifemo, terrible incluso a las selvas, por nadie visto sin daño, despreciador del Olimpo y los dioses, sintió el amor y ardió de deseos olvidando sus rebaños y su morada. Y ya se preocupa por su arreglo y procura complacer y peina sus crines con rastros y se corta la barba con una hoz y compone su rostro viéndolo en el agua. Cesan sus impulsos sangrientos y van y vienen a salvo las naves.
[…]
Los amores de Acis y Galatea
Alexandre Charles GUILLEMOT
1827 / Colección privada



Una elevada lengua de tierra se extiende en el mar; el Cíclope se sienta en medio, a donde lo siguen sus rebaños sin pastor. Después que deja a sus pies su cayado, un pino grande como un mástil, toma la zampoña de cien cañas y los montes y el mar oyen sus silbos. Los escucha también Galatea, recostada con su Acis por allí cerca, y recuerda sus palabras.
Galatea es más blanca que el ligustro, más florida que el prado, más alta que el aliso, más brillante que el vidrio, más alegre que el cabrito, más lisa que las conchas pulidas por el mar; más noble que las manzanas, más insigne que el plátano, más clara que el hielo, más dulce que las uvas, blanda más que plumas de cisne o leche cuajada y, si no le huyera, fuera más hermosa que el jardín regado.
[…]
Él tiene un solo ojo, grande como un escudo, en medio de la frente. ¿Y qué? El Sol, con un ojo único, ve desde el cielo todas las cosas. Además, su padre, al cual le ofrece por suegro, reina en los mares. Que Galatea se apiade y oiga sus ruegos, pues a ella sola se rinde y venera, él que desprecia a Júpiter, al cielo y al rayo, que le es menos cruel que la que ama. Y todo lo sufriría si ella evitara a todos; ¿pero por qué si lo rechaza a él ama y abraza a Acis? Que éste plazca a sí mismo y a ella; pero que se le dé la ocasión y el Cíclope le hará sentir su fuerza, proporcionada a su tamaño, lo desgarrará y esparcirá sus pedazos en tierras y olas. Se quema Polifemo en llamas crecientes y percibe dentro de sí los poderes del Etna. Y Galatea no se conmueve.
Calla el Cíclope y la ninfa ve cómo, tras lamentarse, se levanta y yerra como el toro a quien se quitó la vaca; feroz, los mira a ella y a Acis, exclama colérico que ése será su último encuentro de amor y grita como sólo él puede gritar y hace erizarse al Etna. Se mete en el mar Galatea y Acis, huyendo, pide ayuda de ella y de sus padres. El Cíclope lo sigue, le arroja un peñasco del monte, con uno de cuyos extremos lo sepulta.
Entonces la Nereida hace lo que está en su poder: que él tome las fuerzas de su abuelo. La sangre que manaba bajo la peña comienza a perder su color purpúreo y toma poco a poco el del agua clara; se abre la peña y surge el arundo por sus grietas, y luego agua saltante. Milagrosamente se levanta de pronto, descubierto hasta el vientre, un joven con los cuernos adornados de cañas, quien, mayor y de color azul, es Acis convertido en río y con su mismo nombre.


Polifemo y Galatea
ANÍBAL CARRACCI
1605 / Fresco del Palacio Farnesio, Roma










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