Jesús A. Manzaneque

I.E.S. "Isabel Martínez Buendía" - Pedro Muñoz, Ciudad Real, Castilla-La Mancha, España.

miércoles, 1 de enero de 2020

Iconografía Clásica - Pitón, Cupido, Apolo y Dafne


Apolo y la serpiente Pitón
Pedro Pablo RUBENS
1636-37 / Museo del Prado, Madrid





Pitón, Cupido, Apolo y Dafne en las Metamorfosis de Ovidio:

Así pues, cuando la tierra cubierta de barro tras el reciente diluvio se hubo calentado bajo los benéficos rayos del astro celeste, generó numerosas especies de animales, en parte reproduciendo antiguas formas y en parte creando nuevos monstruos. Y seguramente no quiso hacerlo, pero entonces también te generó a ti, enorme Pitón, serpiente hasta entonces desconocida, que sembrabas el terror entre los pueblos recién nacidos, tanto era el espacio que cubría tu cuerpo. Fue el dios arquero, que hasta entonces no había usado sus armas sino con los gamos y las cabras, quien lo exterminó sepultándolo bajo mil flechas, con el carcaj ya casi vacío, haciendo que la sangre manara de sus negras heridas. Y para que el paso del tiempo no pudiera borrar la fama de su hazaña, instituyó los Juegos Píticos, célebre competición que recibe su nombre de la vencida serpiente. Cualquier joven que venciera en ellos con sus manos, sus pies o su carro era premiado con una corona de encina; todavía no existía el laurel, y Febo se ceñía las sienes adornadas de largos cabellos con las hojas de cualquier árbol.
El primer amor de Febo fue Dafne, hija del Peneo, y no nació de la ciega casualidad, sino de la impetuosa ira de Cupido. El dios de Delos, lleno de soberbia por su reciente victoria sobre la serpiente, había visto a Cupido doblar su arco para tensar la cuerda, y le había dicho: «¿Qué haces tú, pequeño insolente, manejando armas tan poderosas? Ésas son armas para que yo las lleve en mis hombros, yo que soy capaz de herir con un tiro certero a las bestias salvajes y a los enemigos, y que hace poco abatí con una lluvia de saetas al hinchado Pitón, que tanta tierra oprimía con su vientre pestilente. Tú confórmate con encender pequeños amores con tu antorcha, y no trates de adjudicarte mis triunfos». A lo que el hijo de Venus le respondió: «Puede que tu arco atraviese todas las cosas, oh Febo, pero el mío te atravesará a ti; y en la misma medida en que los animales son inferiores a los dioses, tu gloria será inferior a la mía». Así dijo, y surcando el aire con un batir de las alas se posó, resuelto, en la umbrosa cumbre del Parnaso, y extrajo de su carcaj dos flechas de efecto contrario: una que pone en fuga al amor, y otra que lo hace nacer. La que crea el amor está hecha de oro y su punta reluce afilada, mientras que la que lo ahuyenta está despuntada y lleva plomo tras el asta. Con ésta fue con la que atravesó el dios a la ninfa peneide, mientras que con la otra hirió a Apolo atravesándole los huesos hasta la médula.
[...]

Apolo y Dafne
Gian Lorenzo BERNINI
1622-25 / Galería Borghese, Roma




Febo está enamorado, y al ver a Dafne desea unirse a ella, y puesto que lo desea lo espera, y le fallan sus propias predicciones. Como arde el frágil rastrojo una vez recogidas las espigas, como se queman muchas veces las mieses cuando algún viajero les acerca demasiado su antorcha o la arroja al despuntar el día, así el dios se consume en las llamas, así se abrasa todo su pecho, y nutre la esperanza de un amor vano. Observa los cabellos que caen en desorden sobre el cuello y piensa: «¡Imagínate, si se los peinara!»; ve sus ojos como estrellas que brillan como el fuego, ve sus labios, y no le basta con verlos; alaba sus dedos, sus manos, sus antebrazos y sus brazos, desnudos casi por entero; lo que queda oculto, lo imagina aún mejor. Ella escapa, más veloz que la leve brisa, y no se detiene ni aun cuando él la llama con estas palabras: «¡Te lo ruego, ninfa, detente, hija de Peneo! No te persigo como enemigo: ¡detente, ninfa! [...] Párate a pensar en quién es el que te desea: yo no soy un montaraz ni un rudo pastor que en estos lugares cuide su ganado y sus rebaños. ¡No sabes, imprudente, no sabes de quién huyes, y por eso precisamente huyes! La región de Delfos, Claros, Ténedos, y el reino de Pátara me honran como a su señor; Júpiter es mi padre. Yo revelo lo que ha sido, es y será; yo hago armonizar los versos y la música. Mis flechas son certeras, sin duda, pero una más certera que las mías me ha herido en el pecho, antes insensible. La medicina es un invento mío, en todo el mundo me llaman sanador, y conozco el poder de las hierbas: y, sin embargo, ¡ay de mí!, no hay hierbas que puedan curar el amor, y las artes que a todos benefician no benefician a su amo». Él querría seguir hablando, pero la hija de Peneo corre temerosa y lo deja con las palabras en la boca. También así parecía hermosa: el viento desnudaba sus miembros, sus ropas temblaban agitadas por la brisa, y un aire suave echaba hacia atrás sus cabellos. La misma huida aumentaba su belleza.
[...]
Pero el perseguidor, impulsado por las alas del amor, es más veloz, y no le da tregua, y ya se pega a su espalda y respira sobre los cabellos que caen sobre su cuello. Ella palidece, ya sin fuerzas, y vencida por el cansancio de la veloz fuga exclama al ver las aguas del Peneo: «¡Ayúdame, padre! ¡Si los ríos tenéis algún poder, haz que, transformándose, desaparezca esta figura por la que he sido demasiado amada!». Apenas ha terminado su ruego cuando un pesado torpor invade sus miembros, una fina corteza recubre su tierno pecho, los cabellos se convierten en hojas y los brazos en ramas; los pies, antes tan veloces, quedan clavados al suelo con perezosas raíces; el rostro desaparece en la copa; todo lo que queda de ella es su brillo. También así Febo la ama: posando su mano sobre el tronco siente palpitar el corazón bajo la nueva corteza, abraza sus ramas como si fueran miembros vivos y besa la madera, pero la madera rehúye sus besos. Y el dios dijo: «Entonces, ya que no puedes ser mi esposa, serás mi árbol. Siempre te llevarán, oh laurel, mi cabello, mi cítara y mi carcaj. Tú estarás cerca de los generales latinos cuando con alegría se celebren sus triunfos y suban al Capitolio los largos cortejos. Allí serás también leal guardián ante las puertas de la morada de Augusto, y guardarás las coronas de encina; y al igual que mi cabeza conserva juvenil su larga cabellera, también tú llevarás siempre el perenne adorno de tus hojas». Así puso fin a sus palabras Peán, y el laurel asintió con las ramas recién formadas, y pareció agitar su copa como si se tratase de la cabeza.






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